Autor: ©2025 William Castaño-Bedoya
“CRÓNICA DE TRES MILLAS”
Estas semanas mis caminatas han estado acompañadas de un pensamiento insistente: la persecución y deportación de inmigrantes. No me refiero a los criminales, que son pocos en comparación con el universo de millones; pienso en la gente común, en quienes sostienen silenciosamente este país, hombro a hombro con todas las etnias: estadounidenses de ancestros europeos, asiáticos, africanos y tantos más que coexistimos en este universo americano. En la mujer que me sirve un cortadito de café con el amargo endulzado en la cafetería de la esquina, en el hombre recio aunque flaco y sudoroso que corta mi césped bajo los más de cien grados Fahrenheit que queman su espalda, en el político que representa mis intereses ciudadanos —aquí, en el estado o en el país—. A ninguno de ellos les he preguntado jamás si son legales o ilegales.
Recuerdo una conversación con un buen amigo estadounidense, un hombre blanco, sobre este tema. Parte de esa charla se convierte hoy en esta crónica. Él lo dijo con sencillez y claridad:
Reflexiones de un hombre blanco: 143 latinos por cada 100.000 — demasiado pocos para cargar con un estigma étnico
Caminar por ciertas calles de Estados Unidos y ver cómo se trata a los latinos le parecía —a este hombre blanco nacido aquí— como asistir a la entrega silenciosa de una sentencia sin juicio. Nadie lee los cargos en voz alta, pero el veredicto ya está escrito: en los discursos de campaña, en los titulares alarmistas, en los algoritmos que sostienen los prejuicios. En ese relato, el sospechoso siempre tiene acento, la amenaza supuestamente viene del sur, y la palabra “seguridad” se ha convertido en una forma educada de excluir.
Sí, hay pandillas. Sí, hay violencia. Sí, hay crímenes cometidos por personas de origen latino. Pero la peligrosa falsedad está en construir una narrativa sobre esas excepciones para estigmatizar a toda una comunidad. La excepción no define al grupo —a menos que no sea el tuyo.
De acuerdo con el Bureau of Justice Statistics, la tasa de encarcelamiento de latinos es de 143 por cada 100.000 personas —comparable, o incluso menor, que la de los blancos no hispanos, con 155 por cada 100.000. Estudios del Cato Institute y del Pew Research Center muestran que los inmigrantes cometen menos crímenes violentos per cápita que los ciudadanos nacidos en EE. UU. Pero esos datos rara vez llegan a los anuncios de campaña.
Para dimensionar el alcance: sobre los 239 millones de ciudadanos en edad de votar, esos 37 millones, que eligieron al presidente, representan apenas un 16 %. Y si se mide frente a la población total de 335 millones, la proporción es aún menor al 11 %. Los números no mienten: fue una minoría la que decidió estigmatizar a los inmigrantes como delincuentes y, sin embargo, esa minoría impuso su eco para que el Ejecutivo estableciera la crueldad en nombre de toda la nación. Son 37 millones de voces convertidas en eco de un mensaje que apunta a los latinos como el blanco principal de la estigmatización, casi como si fueran una facción de Hamás dentro de Estados Unidos. La ironía es que dentro de esos 37 millones había también cerca de 8 millones de latino-estadounidenses que aplaudieron su propia autoestigmatización. Votaron esperando dádivas o una falsa salvación existencial, pero sus cálculos no fueron precisos: lo que abrazaron como aceptación terminó marcándolos como sospechosos. Y lo más desconcertante es que hasta los oficiales latino-estadounidenses electos observan con asombro este giro: ya no saben si están del lado de los perseguidos que resisten o del lado de los verdugos. Una incertidumbre que, sin duda, les hará mella con miras a las próximas elecciones. Por seguro, muchos buscarán más dádivas que votos.
Mientras tanto, la narrativa dominante sugiere que proteger al país significa frenar la llegada de latinos. Háganlo, frenen esa llegada si lo consideran necesario, pero no agredan a los latino-estadounidenses con sospechas ni con papeles de identificación que los marquen como gente mala. Legalicen a esa mano de obra fiel, constante e incondicional, y listo: el país tendría más estabilidad y menos miedo. Y, con seguridad, el odio de los demás hacia los latinos podría empezar a mesurarse.
Decir que los latinos son una amenaza por 5.636 arrestos —en una población de cerca de 65 millones de latinos— es como intentar apagar el sol con un vaso de agua. Esa cifra representa apenas el 0.0086% de la población latina. Pero en lugar de resaltar ese dato, se repite una y otra vez lo contrario: que vienen a dañarnos, a traer crimen, a colapsar la nación. Una mentira, cuando sirve a un propósito político, no necesita lógica. Solo repetición.
Porque ser latino-estadounidense significa ser senador de la república, haya nacido aquí o no. Significa ser flamante secretario de Estado, alcalde de ciudad, médico en hospitales públicos o privados, cónyuge de un líder global, atleta de élite o soldado en el ejército estadounidense. Significa ser astronauta de la NASA, ingeniero en Silicon Valley, profesor en Harvard o científico en laboratorios de vanguardia. Pero también significa ser jardinero, camarero, trabajadora de limpieza, cocinero, conductor de transporte compartido, niñera, techador, pintor. No existe ciudad, economía ni historia de éxito en este país que no tenga a un latino-estadounidense detrás o delante del telón.
Que quede claro: los latino-estadounidenses no son el problema. Son parte de esta nación, no un reducto. Están aquí desde hace siglos, han luchado sus guerras, levantado sus ciudades y alimentado su cultura. Ya no son únicamente hijos de América Latina: son, en muchos casos, más hijos de los Estados Unidos que de la tierra de donde vinieron sus abuelos. Millones de ellos nacieron aquí, crecieron aquí y aquí han hecho su vida. Pero, tal como están las cosas, viven con la persecución de la estigmatización. Los errores en las capturas de ciudadanos lo gritan a plena voz.
Porque si encarcelamos a los latino-estadounidenses por existir, pero perdonamos a quienes gerencian la crueldad por sus crímenes, no estamos hablando de justicia: estamos hablando de privilegio. Y el privilegio, cuando se normaliza, deja de ser invisible. Se convierte en la herida abierta de nuestra democracia.
Al terminar mi caminata de hoy pensé: el habeas corpus nació para recordarnos que el cuerpo humano no puede ser secuestrado por el poder sin juicio. Pero en estos tiempos, pareciera que ese principio se desvanece en discursos que normalizan la sospecha. Y entonces, cada latino-estadounidense que camina estas calles carga sobre sus hombros no solo el peso de su vida, sino la carga injusta de un estigma.
Quizá mis pasos de hoy no cambien la política de un país, pero al menos me recuerdan que la dignidad también se camina: tres millas diarias, contra el viento de la crueldad selectiva.
Nota: Este artículo fue escrito por William Castaño-Bedoya y publicado originalmente en https://bookandbilias.us/blog/ el 28 de agosto de 2025.
