Por: Elvira Sanchez Blake
Indonesia, tierra de contrastes, de fuerzas opuestas, de luz y oscuridad, donde la búsqueda del equilibrio entre el bien y el mal se refleja en rituales y tradiciones ancestrales.
Los numerosos grupos que conforman el archipiélago de Indonesia comparten un rasgo esencial plasmado en el concepto de Tre Hita Karana: la búsqueda de armonía entre el ser humano, la naturaleza y lo espiritual. Durante nuestras visitas a las islas vimos reflejados ese anhelo de armonía en los rituales, la danza, la música, los textiles, y demás expresiones artísticas.
Indonesia es el archipiélago más extenso del mundo con cerca de 17.000 islas. Durante la navegación por el mar de Timor observamos un gran número de islas, islotes, rocas, y salientes que apenas emergen a la superficie. Estas formaciones geológicas caprichosas se reflejan en la extraordinaria gama de culturas, grupos étnicos, religiones y lenguas del país. Se hablan 700 lenguas, y se practican varias creencias: hinduismo, budismo, islam y cristianismo. Pese a esas diferencias, los indonesios han desarrollado un profundo sincretismo, que da lugar a una espiritualidad plural y a la vez armónica.
Desde tiempos prehistóricos las islas de Indonesia han sido un importante cruce de rutas marítimas entre Asia y Oceanía. Aunque los portugueses fueron los primeros europeos en llegar en el siglo XVI, los holandeses impusieron su dominio mediante la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC). Durante más de tres siglos, los Países Bajos controlaron el archipiélago —entonces llamado Indias Orientales Neerlandesas— con la explotación de sus recursos y de su población.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, Indonesia proclamó su independencia y fue reconocida como nación en 1949. Se considera al líder Sukarno como el “padre de la patria”, por haber unificado las islas en un solo estado. Hoy Indonesia posee una enorme diversidad cultural y lingüística, y una economía emergente en el sur oriente asiático.
Nuestra primera parada fue en Rinca, una de las islas del Parque Nacional de Komodo. Allí conocimos al reptil más grande del mundo, el dragón Komodo, que solo habita en esta isla.
Vimos varios ejemplares de komodos acercándose con cautela en movimientos lentos con su lengua bifurcada explorando el aire en busca de alimento. Nos advirtieron que tuviéramos cuidado porque cualquier ser vivo es apto para su alimentación y cuando advierten una presa pueden ser muy veloces. Existen regulaciones para proteger a la especie considerada un vestigio de tiempos prehistóricos y actualmente en riesgo de extinción. Nuestros guías nos ilustraron sobre su comportamiento, dieta y hábitos reproductivos. Aprendimos que los machos poseen dos hemipenes y compiten ferozmente por las hembras, que son menos numerosas.
En Lombok nos recibieron con música tradicional y grandes expresiones de bienvenida. En esta isla el 90 por ciento de la población es musulmana, y esto se vio reflejado en los anuncios del Ramadán dispersos por la ciudad, que se celebra justo en el momento de la visita.
Una de las experiencias más entrañables fue la visita a la cooperativa textil, donde dos artesanas me invitaron a usar el telar. Me encantó aprender a trenzar hilos en el pasador y participar en un diseño inspirado en la tradición hindú. Ninguna de las tejedoras hablaba inglés, pero nos entendimos a través del lenguaje textil como emblema femenino por excelencia. Texto y textil convergen en el Textum que une letras y tejidos para expresar historias que permanecen.
Bali nos sorprendió como un museo vivo: pasado y presente conviven en una peculiar armonía dentro del caos. Incluso la congestión del tráfico resulta fascinante cuando, en cada esquina, aparecen templos hindúes con sus torres y estatuas. En Bali el 80 por ciento de la población profesa la religión hindú y cada casa tiene su propio santuario.
Las normas urbanas limitan la altura de los edificios, que no pueden superar la de los templos sagrados. Los ritos, colores y objetos están cargados de simbolismo. En casas, comercios, puertas y ventanas vimos los famosos “canang sari”, pequeñas ofrendas compuestas de flores, frutas, alimentos, hojas e incienso, dispuestas en composiciones simétricas. Cada una simboliza la búsqueda constante del equilibrio espiritual.
En Bali asistimos a un espectáculo del Ramayana, la epopeya fundacional del hinduísmo que data de hace casi 3.000 años. Fue uno de los momentos más emocionantes del viaje: presenciar la historia de Rama y Sita. acompañada por un coro de “monos” entonando el Kecak, un canto rítmico de “Ka chak-chak-chak” en sonidos acompasados. La obra simboliza la lucha eterna entre los espíritus del bien y el mal y la aspiración hacia la virtud (el dharma), que trasciende hacia los niveles superiores de conciencia.
Por último, nos ha fascinado la centralidad del arroz en la gastronomía local. Aprendimos que existe una gran variedad de especies de arroz: blanco, rojo, negro y verde, y se prepara en múltiples y creativas formas. El sticky rice es muy apetecido como plato principal o como postre, aderezado con sabores y condimentos particulares.
La visita a Indonesia ha sido una experiencia fascinante. Lo más especial es su gente, de sonrisa amplia y acogedora. Celebran su cultura, preservan su historia y la transmiten con orgullo.
