Los gobiernos de izquierda de América Latina parecen haber fracasado en proyectar un futuro que inspire a los jóvenes, mientras se hunden en los problemas que tanto criticaron: escasos resultados económicos, baja popularidad y hasta corrupción. ¿Perdieron definitivamente su oportunidad histórica?
En el poder en cuatro países que elegirán presidente en breve — Bolivia, Chile, Colombia y Brasil —, la izquierda enfrenta dificultades para mantenerse viable en un contexto de bajos índices de popularidad, entornos personales cuestionables y un debate público polarizado que favorece discursos radicales en detrimento de plataformas moderadas.
En Bolivia, que tiene la primera vuelta de las elecciones presidenciales programada para el 17 de agosto, el actual mandatario, Luis Arce, ni siquiera intentará la reelección. Según el Latinobarómetro 2024, comenzó su último año de mandato con apenas un 9 % de aprobación. Además de liderar un gobierno impopular, Arce observa cómo su partido, el MAS (Movimiento al Socialismo), se desintegra en medio de una agria disputa con su padrino, el expresidente Evo Morales. Este no renuncia a buscar un cuarto mandato pese a haber sido declarado inelegible y tener una orden de detención por los delitos de “violación, explotación y trata de personas”. El candidato de su partido en estas elecciones, Eduardo del Castillo, exministro de Arce, aparece solo con un 1 % de intención de voto en las encuestas.
La situación de la izquierda en Chile no llega a ese nivel de desastre, pero tampoco es alentadora. El presidente Gabriel Boric, visto como una promesa de renovación de la izquierda latinoamericana cuando ganó las elecciones de 2021, alcanzó su peor cifra en mayo: el 66 % de los chilenos desaprueban su gobierno, según la tradicional Encuesta CEP (Centro de Estudios Públicos), mientras apenas el 22 % lo aprueba. En las primarias de esa tendencia realizadas en junio, la coalición de centroizquierda liderada por Boric perdió a manos de una plataforma más radical, representada por Jeannette Jara. Por primera vez ese campo ideológico acudirá a una elección presidencial con una candidatura nominal del Partido Comunista. (Salvador Allende lo hizo por una coalición que incluía a ese grupo en sus filas)
Colombia y Brasil viven contextos similares. Ambos irán a las urnas el próximo año — los colombianos en mayo y los brasileños en octubre —, pero desde ya el clima electoral contamina los discursos de Gustavo Petro y Luiz Inácio Lula da Silva. Ambos enfrentan dificultades para aprobar sus promesas de campaña, sus partidos no cuentan con mayoría en el Legislativo y, en el caso de Lula, empieza a experimentar lo que significa gobernar en la era de la polarización en las redes sociales. Cuando dejó la presidencia al final de su segundo mandato, en 2010, Lula contaba con un 80 % de aprobación. Hoy, apenas el 28 % considera su gobierno excelente o bueno, mientras que el 40 % lo califica de malo o pésimo.
En el caso de Petro, es emblemática su pérdida de apoyo entre el electorado más joven. El exguerrillero convertido en el primer presidente de izquierda elegido en Colombia tenía el respaldo del 78 % de los jóvenes de 18 a 24 años en agosto de 2022, al inicio de su mandato, mientras apenas un 10 % lo desaprobaba. En junio pasado, ese apoyo se desplomó al 41 %, mientras los que no lo apoyan subieron al 49 %, según una encuesta del instituto Invamer.
Oxidación del liderazgo
“Estamos pasando indudablemente por un mal momento a la izquierda. Yo creo que ese mal momento se debe a una comparación entre lo que han hecho y las expectativas que generaron”, afirma José Vicente Carrasquero, estratega político venezolano y consultor en opinión pública y campañas electorales. “Las expectativas fueron mucho mayores que los logros y evidentemente eso genera consecuencias en términos de lo que la gente se queda esperando que suceda, que no va a suceder.”
Para Carrasquero, “estamos como en la época de la oxidación del liderazgo de izquierda y un renacimiento o un voltearse para el otro lado con unos líderes emergentes de la derecha”. Él cita los ejemplos de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador.
La politóloga Ana Velasco coincide. Al analizar particularmente su país, Bolivia, afirma: “Hay una visión ultracaudillista. Ha habido una resistencia a la renovación de cuadros dentro del MAS, que era el partido dominante desde el 2005, cuando gana su primera elección. No se renuevan cuadros, no se renuevan personas, no se renuevan liderazgos”.
Para el sociólogo brasileño José Maurício Domingues, profesor del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, el “agotamiento” define la situación actual de la izquierda en la región. Según él, “aprovechó el boom de las commodities, combatió ciertos aspectos muy problemáticos de la pobreza, pero no abordó la desigualdad, se involucró demasiado en corrupción y dependió en exceso de líderes supuestamente insustituibles, carismáticos, y acabó cayendo en trampas creadas por esa elección.”
Domingues afirma que el caso de Bolivia es uno de los más dramáticos de América Latina. “El personalismo de Evo Morales destruyó el proyecto de transformación”, dice. Y en referencia a la forma como ese presidente abusó de su poder, afirma que “Un golpe no es simplemente sacar al ejército a la calle. Un golpe es usar el tribunal electoral para tomar decisiones e intentar implementarlas, decisiones que son anticonstitucionales, desarmando a la oposición y desarmando a su propio partido.”
Velasco recuerda que los primeros años de Evo en el poder trajeron una inclusión social inédita en la historia boliviana, pero señala que su gobierno no acompañó la redistribución de la riqueza con reformas estructurales en la economía del país. Más en concreto, sostiene que “el modelo económico generaba créditos, había un superávit, vendíamos mucho gas, y eso se logró, se pudo hacer a través de este modelo, se pudo generar esta redistribución de la riqueza. Pero se queda ahí, no se plantea qué va a pasar cuando ya no haya gas, y qué va a pasar cuando se acaben las reservas, o cuando no encontremos más reservas de gas.”
Para ganar el partido, te olvidas del campeonato
Con esa analogía tomada del fútbol, Velasco, especialista en polarización, describe el peligro de escalar la retórica. Es decir, que no conviene “concentrarse y obsesionarse tanto con el resultado de un solo juego” porque eso hace que se quiebren las relaciones necesarias para ganar el torneo. En otras palabras, ese grupo “para convertirse en gobierno ha tenido que quemar un montón de puentes, ha radicalizado a sus votantes y ellos están esperando acciones más radicales”, advierte Velasco.
Petro tal vez sea el mejor ejemplo en este caso. Para lograr la aprobación de una reforma laboral que fue una de sus banderas de campaña, el presidente colombiano amenazó con proponer una consulta popular, rechazada por el Senado. Petro entonces acusó a los senadores de fraude y defendió una vez más la convocatoria de una Asamblea Constituyente, mientras la oposición afirmaba que el mandatario incitaba a la población contra el Legislativo. Más recientemente, la revelación del diario El País América de que su exministro de Relaciones Exteriores, Álvaro Leyva, habría tramado la caída del gobierno, llevó a Petro a hablar de “traición a la patria”.
“La situación de Colombia es bastante preocupante y pone de manifiesto uno de los graves problemas que afecta la imagen de la izquierda: la elasticidad con la que manejan las reglas”, afirma Carrasquero. “Mientras las reglas de juego les van sirviendo, evidentemente ellos las van usando para cumplir con sus objetivos. Pero una vez que las reglas de juego empiezan a estorbarles, es muy común que la izquierda trate de cambiarlas. Entonces no debe sorprender que ante la situación tan precaria desde el punto de vista de su estabilidad política, Petro quiera acudir a una Asamblea Nacional Constituyente para un cambio de las reglas de juego.”
El clamor de Petro por una Constituyente parece una propuesta “poco factible”, según Luiz Guilherme Arcaro Conci, profesor de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo y coordinador del proyecto Democracia Inacabada en América Latina. “Lo que él está intentando hacer es generar compromiso porque hay elecciones el próximo año y su popularidad es baja.”
Arcaro Conci recuerda que hoy impera un contexto diferente al de finales de los años 70 y principios de los 90, cuando varios países latinoamericanos, algunos de los cuales salían de dictaduras militares, promulgaron nuevas constituciones para recuperar o renovar la democracia. “Hoy, para la izquierda democrática brasileña, colombiana, chilena, una Asamblea Constituyente es el peor de los escenarios. Porque difícilmente se produciría una Constitución en Colombia más democrática que la de 1991. Difícilmente en Brasil se produciría una Constitución más democrática y social que la de 1988.” Y lo mismo sucede en Chile.
En busca del alma perdida
No solo la izquierda latinoamericana está en busca de un alma o una identidad perdida, considera Carmen Beatriz Fernández, consultora de DatastrategIA y PhD en Comunicación Pública. “Creo que es un problema global y tiene su origen en los consensos que se generaron globalmente a raíz del fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín. Toda esta idea del fin de la historia de Fukuyama. Entonces, la izquierda queda sin parte de sus argumentos fundamentales. En lugar de dirigirse a sus audiencias tradicionales, la clase trabajadora, se enfoca más en causas identitarias y en temas como el ecologismo. Todo eso pues hace que terminen alejándose de sus bases naturales”, dice.
Fernández, sin embargo, destaca un ingrediente que dificulta la vida de la izquierda en la región: Venezuela. “Las izquierdas latinoamericanas no han tenido el coraje de llamar a los hechos por su nombre y asumir el tema venezolano como lo que es, una tiranía y no un gobierno de izquierdas que ha tenido problemas de distinta naturaleza.”
Ella recuerda como una excepción el caso de Boric, que siempre se ha posicionado de forma crítica frente al régimen de Nicolás Maduro. “Boric sí supo distinguir claramente, llamando al régimen venezolano como lo que es. Pero en otros actores de la izquierda, como Lula o Petro, eso no lo han sabido hacer, no han tenido la valentía de hacerlo y creo que eso les pesa y les ha pesado electoralmente.”
Ana Velasco cita también que no solo la izquierda ofrece una utopía, como ocurría en la segunda mitad del siglo XX, y que el propio sentido de la utopía se ha transformado. Para ella, hoy existe en realidad una “utopía a la carta”.
“La utopía –tanto en las izquierdas como en las derechas más radicales– ha dejado de ser una sociedad con relativa estabilidad, paz, y convivencia social”, y en cambio “se ha convertido en un ‘te prometo que voy a generar un mundo donde ese otro que tanto te incomoda ya no exista’. Entonces en ese sentido, hay un mercado de utopías gigantesco”, explica Velasco.
Una vía posible es abrazar el discurso antisistema. Eso fue lo que hizo Andrés Manuel López Obrador en México. “AMLO, y ahora Claudia Sheinbaum, llegan justamente con una propuesta antisistema. Dicen: tenemos que rehacer muchas cosas aquí, no es solo el Poder Judicial, es la participación popular, un nuevo partido. Esta es una tendencia que sobre todo la extrema derecha ha entendido”, afirma Arcaro Conci, quien también estudia los populismos latinoamericanos. No por casualidad, Sheinbaum está entre las líderes más aprobadas de la región, con un 75% según el Latinobarómetro 2024.
Un episodio reciente en otro país con elecciones este año también invita a reflexionar sobre los desafíos de la izquierda contemporánea. En Argentina, que celebrará elecciones en octubre para renovar el Legislativo federal, la expresidenta Cristina Kirchner comenzó a cumplir una pena de prisión domiciliaria de seis años. Condenada por administración fraudulenta en perjuicio del Estado en el ruidoso caso Vialidad, ella alega que el Gobierno de Milei la persigue por razones políticas, ya que tenía previsto ser candidata en octubre y ahora tiene prohibido postularse para un cargo público.
“El caso de Cristina Kirchner es algo terrible. Argentina, que necesitaba una oposición unida, clara, limpia, para enfrentar a Milei, ahora es rehén de la situación de Cristina, que utiliza su partido y el sistema político para defenderse de una condena que hoy en día nadie cree que haya sido inventada”, afirma Domingues.
La semana pasada, durante la cumbre del Mercosur en Buenos Aires, Lula no perdió la oportunidad de visitar el apartamento de Cristina en el barrio de Constitución y posar para fotos abrazando a la expresidenta. A pesar de diferencias importantes entre ambos casos, la argentina dice ser víctima de lawfare, el mismo argumento usado por el brasileño cuando estuvo preso a raíz de la Operación Lava Jato, entre 2019 y 2021 — a la larga, la Corte Suprema anuló sus condenas y declaró sospechoso y parcial al juez responsable de las mismas—.
“Cuando la izquierda llega al poder, es para hacer algo distinto. No es para hacer lo que hace la derecha. Mientras la izquierda latinoamericana no entienda eso, va a caer, repetidamente, en trampas que ella misma se arma”, concluye Domingues.
https://www.connectas.org/analisis/izquierda-latinoamericana-la-utopia-perdida
