Por: Elvira Sanchez-Blake
Cuando llegamos a Bora Bora, Nuestro guía, Tau, nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja y una sola palabra que parecía contener el alma de la Polinesia, chill. Todo en Bora Bora es así: amable, pausado, casi irreal. Desde la gran montaña volcánica que se alza en el corazón de la isla hasta las palmeras que la custodian y la laguna turquesa que la rodea. Dicen que Bora Bora es la isla más hermosa del planeta, y aunque debatible, estando allí tal afirmación no parece exagerada.
Roberto y yo navegamos alrededor de la isla en un bote. Las aguas transparentes dejaban ver peces anaranjados y mantarrayas deslizándose en silencio bajo la superficie, mientras Tau entonaba canciones folklóricas, acompañado por el rasgado tenue de su ukelele.
Bora Bora sorprende por su belleza primigenia. Más que una isla tropical como las que abundan en el Caribe, Bora Bora brinda un regalo visual desde que se avizora el monte Otemanu en el horizonte. Me recuerda películas de náufragos en islas desiertas: la soberbia natural de palmeras en terrenos frondosos contra geometrías de montañas rupestres ofrece una belleza natural deslumbrante y primitiva.
Aprendimos que Bora Bora es una de las islas más hermosas y pequeñas de la Polinesia. Con solo 30 kilómetros cuadrados y siete mil habitantes, su atractivo radica en la laguna de colores diversos: desde el esmeralda profundo hasta el celeste, pasando por el turquesa y verde limón, que la rodea y en los arrecifes coralinos que son únicos por la abundancia de corales y de peces coloridos.
En esta isla se han filmado numerosas películas por su atractivo natural y ha servido de inspiración de obras y musicales, como el famoso South Pacific de James Michener.
Tahiti, la isla de Gauguin
Papeete, Tahití nos recibió con lluvia y aún no ha dejado de llover. Las montañas que perfilan la isla estuvieron rodeadas de nubes y neblina, lo cual nos impidió gozar a plenitud de su entorno natural. Actualmente Tahiti y varias islas de la Polinesia son colonias de Francia. El primer europeo que tomó posesión de estas islas fue el famoso explorador Capitán James Cook en 1769. Antes habían pasado navegantes ingleses dando cuenta de su existencia, pero fue Cook quien la dio a conocer. Luego llegaron las hordas de misioneros, quienes escandalizados por la naturalidad con que los nativos vivían y gozaban sus cuerpos en armonía con la naturaleza que los rodeaba, decidieron vestirlos, imponerles un evangelio y creencias remotas. Francia tomó posesión de las islas en 1842 y en 1880: se convirtió oficialmente en colonia francesa.
Los mandatos “civilizadores” incluyeron prohibición de hablar en su idioma, practicar sus tradiciones y rendir culto a sus dioses. El tatuaje, una de las prácticas sagradas que refleja la identidad de los individuos y de las comunidades, fue totalmente castigado; sin embargo, de algún modo se esparció por el mundo, porque ahora es un signo de modernidad en los jóvenes y no tan jóvenes de EEUU y Europa. En los años setenta alguna resolución racional levantó las prohibiciones y los tahitianos pudieron volver a hablar su idioma, rescatar algo de su cultura y de sus tradiciones.
El evento más destacado de esta visita fue la presentación de un grupo folklórico que nos deleitó con un espectáculo grandioso. El grupo O Tahiti E nos hechizó con su música, canto y danzas fulgurantes. Los cuerpos jóvenes y sensuales de jóvenes se cimbraron con tal energía y pasión que lograron crear una sensación colectiva avasalladora. Al culminar el acto, la directora del grupo se dirigió a la audiencia y pronunció las palabras “Māuruuru”, que significa literalmente “paz en su vida”, a través del cual envió un mensaje de paz en el mundo. Al término de la noche hubo aplausos, brindis y una energía renovadora entre el público del Viking Sky.
Una de las motivaciones para visitar Tahití era poder admirar la isla desde la visión del artista Paul Gauguin, pero eso no lo encontramos. Por el contrario, percibimos cierta animosidad hacia él y su legado. ¿Se apropió Gauguin de la cultura de Tahití en sus representaciones pictóricas? ¿O, más bien, logró integrarse de tal manera que logró revelar el alma de Tahití? Fue una pregunta que surgió en una de las charlas y que nos deja pensando.
Es innegable que Gauguin influyó en la construcción de un imaginario occidental sobre Tahití. Sus pinturas, escritos y cartas difundieron una imagen de sensualidad, espiritualidad primitiva, comunión con la naturaleza, y mujeres exóticas. Como él mismo escribió, buscaba “lo primitivo”, y escapar de la modernidad europea. Su obra transmitió un mensaje de espiritualidad primigenia y de armonía con la naturaleza en pinturas tan icónicas como el mural que ilustra el proceso de la vida: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? (1898).Esta obra es considerada una de las reflexiones más profundas sobre la existencia humana y se desarrolla en el marco del paisaje tahitiano donde lo simbólico, lo natural y lo humano se entrelazan.
Si la crítica a Gauguin se centra en la idealización de la cultura tahitiana, el ambiente de la isla: los trajes coloridos, las coronas de flores, la música sensual del ukelele, cautiva y transporta al visitante a otra dimensión. Roberto y yo nos dejamos llevar por la pasión de estas islas, al comprar varios trajes, perlas y souvenirs que nos recuerden el paso por este territorio.
