Por: Juan Pablo Salas periodista y escritor, con análisis de política y eventos y sucesos culturales de importancia.
Confiada en el espejismo de las encuestas, este 31 de mayo la izquierda colombiana creyó tener el triunfo de Iván Cepeda garantizado. Por su parte, la gente que votó por Abelardo, convencida de que su gobierno le traerá seguridad, parece no darse cuenta de que así le está entregando el país a quienes quieren dominar al mundo desde Washington y a América Latina desde Miami.
Muchos abelardistas se ofenden cuando se les acusa de votar por el fascismo. Los entiendo; me lo han dicho: ellos no votan por el fascismo: votan por la seguridad. Esa es la gran obsesión nacional que domina frente a todas las demás injusticias. En este país bendito, todos, sin excepción, hemos sido víctimas o testigos de la violencia por un celular, por herencia o por compromiso. Conocemos el peligro de cerca. Por eso, cuando alguien promete arrancar el problema de raíz, la gente se inclina sin dudarlo. Por miedo a la violencia, votan por el señor que ofrece hacer uso de la violencia para imponer el orden. A ese fascismo implícito en una fórmula tan sencilla es al que se refiere la izquierda y prácticamente la mitad de los colombianos cuando advierten que Abelardo es el candidato más peligroso que ha visto el país desde 2002.
La izquierda estaba ilusionada. Iván Cepeda siempre lideró en todas las encuestas, siempre alrededor del 40%. Ese fue un espejismo. Durante esta primera vuelta electoral, las encuestas técnicamente no mintieron; sin embargo, todo el mundo estaba convencido de que la izquierda iba ganando cuando, sumadas, las intenciones de voto de la derecha siempre superaron el 50%. Cepeda solo conseguía más puntos que sus oponentes individuales, pero los votantes de dos de ellos se sumaron cuando encontraron en Abelardo de la Espriella un discurso más consecuente con sus verdaderas intenciones. La aritmética de las urnas era la realidad.
Hubo una migración veloz, un torrente de votantes que abandonaron a Paloma Valencia y se mudaron del uribismo tradicional al uribismo radical de Abelardo, que atiende mejor su obsesión histórica: la inseguridad. Por este factor, la izquierda ha sido demonizada —un poco por sus propias acciones y otro poco por la propaganda—. A la izquierda le ha costado décadas construir una mejor reputación respecto a ser respetuosa de la Constitución y las instituciones. Ese trabajo aún no ha terminado.
El problema de la inseguridad se vive en tiempo “ahora” y hoy el comando de la seguridad lo tiene el Pacto Histórico. Debido a la inmediatez del problema, es obvio que muchos votantes asustados se inclinaron hacia un candidato que les promete resolver los problemas de un santiamén y con mano dura.
Ese candidato llegó montado en los símbolos patrios, dice ser un outsider, ostenta su plata, es atrevido y promete usar al ejército para imponer ese orden beatífico, obvio que el colombiano promedio lo va a considerar. La chabacanería y el espectáculo han logrado catalizar el voto de una derecha que ahora se siente reivindicada y no se ve obligada a negociar, sino que está en posición de exigir.
Álvaro Uribe se había dedicado a lucir “de centro” para salvar su pellejo para la historia. La empalidecida Paloma Valencia junto a Juan Daniel Oviedo provocó que millones de votos volaran a la casa vecina. Quiso pintar de “centro” a Paloma sin que dejara de ser la uribista rabiosa de siempre, pero el discurso duro lo traía el otro y ese era el que querían oír.
No creo que Abelardo fuera el Plan B de Uribe; Abelardo era el Plan A de Trump. La prueba está visible en las declaraciones del presidente estadounidense ofreciendo todo su apoyo a De la Espriella y manifestando sentirse orgulloso de ello. Si a alguien le quedaba una duda, esta ha sido completamente despejada.
Hoy prima un nuevo adagio político: ‘Uribe is a liability now’. Uribe ahora es un riesgo. Su pátina de invencible quedó comprometida en el caso contra Iván Cepeda. Además, al intentar suavizar su imagen para sobrevivir, Uribe demostró que ya no cuenta con la capacidad mental y política para crear un engendro tan parecido a sí mismo en su versión de 2002. Sus estrategas creyeron que se ganarían al centro suavizando el discurso. La gente de Abelardo olió sangre y, como buen predador, fue tras ella.
Entendieron que la gente esperaba mano dura, no las medias tintas de Paloma y Uribe. Aprovecharon al más radical de los partidos, de nombre ‘sagrado’, “Salvación Nacional”, regentado por oficiales retirados, para decir lo que la gente quería escuchar: “Vamos a militarizar el país y a acabar con la izquierda que nos quiere volver como Venezuela”. Y fueron a votar por él en masa, con el jingle en los labios, felices de que alguien prometiera imponer el orden a toda costa.
Abelardo de la Espriella es un producto político diseñado con la ciencia del mercadeo del siglo XXI. Un grupo de políticos y tecnócratas millonarios ha atrapado la imaginación de los colombianos como antes atraparon el sueño americano para convertirlo en mercado. Con herramientas de propaganda aprendidas de los soviéticos, las campañas de nuestra era están dominadas por una tecnología de manipulación de masas que no existía hace algunas décadas. Además, nos retroalimentamos en las redes.
Hoy las agencias publicitarias y de mercadeo saben que es posible construir un candidato en meses. Este candidato no existía, no tenía partido, pero tiene dinero propio, conoce a gente poderosa, habla el lenguaje tiránico de MAGA y promete ‘mano dura’ en un país donde la mano dura ha sido permanente. La fórmula estaba completa; solo hacía falta dinero, y eso es lo más fácil de conseguir cuando los amigos poderosos tienen intereses en la presa. En seis meses montaron a este Uribe modelo 2002 revivido en el cuerpo de un Bukele con acento costeño.
La derecha también vive ilusionada por el espejismo de la seguridad. El miedo al peligro siempre inminente hace que la gente desee e imagine cosas que en otras circunstancias habría considerado aborrecibles. Parece increíble que todavía reaccionen a los demonios de siempre: Venezuela, comunismo, Chávez. Al escuchar la voz firme de su candidato, sienten que van a acabar, por fin, con esa gentuza, ‘los enemigos de la patria’, y que no los dejarán regresar al poder. Esa es su ilusión y, al mismo tiempo, su gran desacierto: creer que se puede salvar a una nación extirpando la mitad de ella.
