El avance silencioso del autoritarismo en el siglo XXI
Por : Juan Shehin
Durante décadas, buena parte del mundo asumió que la democracia avanzaba, con tropiezos pero de manera casi irreversible. Después de la Guerra Fría parecía consolidarse un modelo basado en elecciones libres, división de poderes, libertades individuales e instituciones independientes.
Hoy esa certeza resulta mucho más difícil de sostener.
En distintas regiones observamos una tendencia preocupante: el debilitamiento gradual de las instituciones democráticas y una creciente concentración del poder en gobiernos, partidos y, cada vez con mayor frecuencia, liderazgos personales.
Lo inquietante es que el autoritarismo del siglo XXI no siempre llega acompañado de tanques, golpes de Estado o la suspensión de elecciones.
Muchas veces llega por las urnas.
Gobiernos legítimamente electos pueden comenzar a modificar las reglas que hicieron posible su llegada al poder. Se debilitan los contrapesos, se cuestiona la independencia judicial, se presiona a los medios, se desacredita a los organismos electorales y se presenta la crítica como un ataque contra el gobierno, el pueblo o incluso la nación.
La democracia permanece formalmente en pie, pero comienza a vaciarse por dentro.
La seducción del poder fuerte
Gobernar democráticamente es complicado. Requiere negociación, acuerdos, límites institucionales y paciencia. Sus resultados pueden ser lentos e imperfectos.
El autoritarismo ofrece algo aparentemente más sencillo: decisiones rápidas.
Frente a la inseguridad promete orden; frente a la corrupción, autoridad; frente a la desigualdad, justicia inmediata; frente a instituciones ineficientes, un liderazgo capaz de imponerse sobre ellas.
Cuando una sociedad siente miedo, frustración o incertidumbre, esa propuesta puede resultar extraordinariamente atractiva.
Surge entonces una peligrosa transacción: ceder libertades y contrapesos a cambio de seguridad, estabilidad o prosperidad.
Y resulta mucho más sencillo entregar poder que recuperarlo.
No es izquierda contra derecha
Sería un error interpretar este fenómeno exclusivamente desde las categorías tradicionales de izquierda y derecha.
La tentación autoritaria no tiene una sola ideología.
Puede surgir de movimientos nacionalistas, populistas, revolucionarios, religiosos o antisistema. Los discursos cambian, pero el mecanismo suele parecerse: dividir a la sociedad entre “el pueblo” y “sus enemigos”, desacreditar los contrapesos y convencer a la ciudadanía de que solamente un liderazgo fuerte puede defenderla.
Cuando el líder comienza a identificarse con la nación, cuestionarlo deja de ser una diferencia política y empieza a considerarse una forma de deslealtad.
El nuevo absolutismo
El absolutismo contemporáneo tampoco necesita eliminar las constituciones.
Puede convivir con congresos, tribunales, elecciones y partidos políticos mientras reduce progresivamente su independencia y capacidad para limitar al poder.
Ésta es quizá una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: se puede conservar la apariencia de una democracia mientras se debilitan los mecanismos que realmente la hacen democrática.
Por eso votar no es suficiente.
Una democracia necesita también jueces independientes, prensa libre, oposición legítima, organismos electorales confiables, derechos individuales y límites claros al ejercicio del poder.
Democracias que deben volver a funcionar
Pero sería demasiado fácil responsabilizar únicamente a los gobernantes.
El autoritarismo encuentra terreno fértil cuando las democracias dejan de producir resultados.
Corrupción, inseguridad, desigualdad, impunidad y gobiernos incapaces de resolver problemas cotidianos terminan erosionando la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Entonces aparece el líder providencial que promete hacer rápidamente aquello que el sistema no consiguió durante años.
El peligro comienza cuando confundimos eficacia con concentración de poder.
Una democracia lenta puede ser frustrante. Un poder sin límites puede ser mucho más peligroso.
El riesgo de acostumbrarnos
Quizá el mayor peligro no sea despertar un día bajo una nueva dictadura.
Es acostumbrarnos gradualmente a vivir con menos democracia.
Aceptar ataques contra jueces porque sus decisiones no nos gustan. Justificar la censura cuando afecta a quienes piensan diferente. Tolerar abusos institucionales porque los comete nuestro partido. Defender la concentración del poder porque confiamos en quien actualmente lo ejerce.
Existe una pregunta sencilla que debería hacerse cualquier sociedad democrática:
¿Aceptaríamos que el mismo poder que hoy entregamos al gobernante que apoyamos estuviera mañana en manos de nuestro peor adversario?
Las democracias no son irreversibles. Las instituciones construidas durante décadas pueden deteriorarse en pocos años.
Pero defenderlas tampoco significa aceptar gobiernos ineficientes. Al contrario: quizá la mejor defensa frente al autoritarismo sea lograr que las democracias vuelvan a funcionar, que proporcionen seguridad, justicia, oportunidades y respuestas reales a sus ciudadanos.
Porque cuando la democracia deja de ofrecer respuestas, inevitablemente aparece alguien ofreciendo atajos.
Y los atajos políticos suelen tener un precio.
La gran discusión de nuestro tiempo quizá ya no sea únicamente entre izquierda y derecha.
Puede ser algo mucho más elemental:
si todavía creemos que el poder debe tener límites.
Porque ésa es, finalmente, la esencia de la democracia.
No quién gobierna, sino cuánto poder estamos dispuestos a permitirle.
